
Criar hijos mentalmente fuertes no es cuestión de suerte; significa 'sembrar' constantemente ciertos hábitos y actitudes. Lo sabe bien la Dra. Sheryl Ziegler, psicóloga clínica con más de 20 años de experiencia acompañando a familias.
A lo largo de miles de sesiones, ha detectado patrones claros: los padres que cultivan la fortaleza emocional y el pensamiento crítico en sus hijos no tienen recetas mágicas, pero sí una serie de hábitos que repiten de forma consistente. Y lo más curioso es que no son grandes gestos, sino pequeñas 'semillas' diarias. Según la experta, estas son las siete cosas clave que hacen.
1. Fomentan la identificación de sentimientos desde el principio
Desde que sus hijos son muy pequeños, estos padres no huyen de las emociones incómodas. Cuando su hija se enfada porque no le compran un helado o su hijo se frustra porque no le sale una tarea, no se apresuran a calmar o distraer. En vez de eso, ponen palabras: "Veo que estás enfadado" o "Entiendo que te dé rabia".
Enseñan que sentir es normal, que no hay emociones prohibidas. Así, el niño aprende a reconocer su mundo interno y a gestionarlo, en lugar de esconderlo o temerlo. Esto fortalece la inteligencia emocional y evita que las emociones reprimidas acaben explotando en el futuro.
2. Enseñan habilidades de búsqueda de soluciones
Cuando surge un problema -un conflicto con un amigo, un error en el colegio o una decisión difícil-, estos padres no se lanzan a solucionarlo. En lugar de eso, devuelven la pregunta: "¿Qué ideas tienes para resolver esto?".
No es porque no les importe, sino porque saben que pensar en soluciones es como un músculo que hay que entrenar. Dejar espacio para que el niño piense, pruebe y aprenda de sus propios errores desarrolla una confianza interna brutal. Se sienten capaces, creativos y autónomos.
3. Elogian el proceso, no los resultados
En casa de estos padres, las notas son secundarias. Lo que importa es el esfuerzo, la curiosidad, las ganas de aprender... Así, en vez de aplaudir un sobresaliente, celebran el proceso: "He visto que te has organizado muy bien para este examen" o "Qué idea tan original has tenido para este proyecto".
De este modo, los niños aprenden que lo valioso no es ser perfecto, sino implicarse y evolucionar. Y eso crea una mentalidad de crecimiento que los acompañará toda la vida.
4. Establecen rutinas y límites claros
Aunque pueda sonar aburrido, en estas casas hay horarios claros y límites consistentes. No porque sean rígidos, sino porque saben que la rutina es como un abrazo invisible: da seguridad.
Tener una hora fija para cenar o un orden predecible (primero deberes, luego pantallas) reduce la ansiedad y permite que el cerebro infantil se enfoque mejor. Lo interesante es que esta estructura no los vuelve dependientes, al contrario: cuanto más previsible es el entorno, más libertad interna tienen para explorar y ser creativos.
5. Fomentan la independencia y la responsabilidad
Desde pequeños, estos niños tienen responsabilidades reales en casa. No como castigo, sino como parte de su pertenencia al grupo familiar.
Poner la mesa, regar las plantas o preparar su mochila son pequeñas misiones que les enseñan algo profundo: "Tu trabajo importa, te necesitamos". Ese sentido de contribución crea un vínculo fuerte con el hogar y una sensación de competencia que se traslada a otros ámbitos de la vida.
6. Abrazan la idea de fracasar hacia adelante
Por otro lado, es clave enseñar a los niños que el fracaso es parte del aprendizaje. Contarles tus propios errores y cómo te ayudaron a mejorar les muestra que equivocarse no es algo que deba dar miedo, sino una oportunidad para crecer.
Puedes decirles, por ejemplo: "Sé que estás triste por no pasar las pruebas de béisbol, y es normal porque te esforzaste mucho. Pero me siento muy orgulloso de cómo entrenaste los fines de semana y madrugaste para mejorar. ¿Qué podrías hacer diferente la próxima vez? Confío en ti."
Cuando el fracaso se entiende como un paso más hacia el éxito, los niños se atreven a intentarlo de nuevo, fortalecen su confianza y aprenden a perseverar.
7. Priorizan su propia salud mental
El equilibrio emocional de un niño guarda una conexión directa con el estado psicológico de sus padres. Cuando un padre o una madre dedica tiempo a cuidar su propia salud mental, adquiere más recursos y capacidad para responder de manera adecuada a las demandas emocionales de su hijo.
Además, mostrar con el ejemplo cómo gestionar el estrés de forma sana y priorizar el autocuidado crea un modelo de referencia valioso para los pequeños. Hablar con naturalidad sobre emociones, bienestar psicológico y pedir ayuda cuando sea necesario contribuye a romper tabúes, favoreciendo que tanto adultos como niños vean el apoyo profesional como algo positivo y accesible.
Cultivar el pensamiento crítico es un acto de amor (y paciencia)
Criar hijos fuertes y con criterio propio no es rápido ni sencillo. Requiere estar presente, escuchar más que hablar y tolerar el caos de la infancia. Pero los frutos son enormes: niños capaces de pensar por sí mismos, de cuestionar, de crear su propio camino...
Niños que no se rompen ante el primer viento fuerte, sino que se doblan y se levantan, sabiendo que son capaces. Porque alguien, desde el principio, creyó en ellos.
Foto | Portada (Freepik)